Salud Pública y supervivencia colaborativa. Durante los últimos cien años, nos convencimos de que estar sanos era sinónimo de vivir en una burbuja. Si repasamos la historia de la salud pública, a principios del siglo XX todo se trataba de limpiar las ciudades y separar las aguas. Luego llegaron los antibióticos, y compramos la idea de que la medicina era una guerra: un microbio nos ataca y una pastilla lo aniquila. A mediados de siglo, aunque se intentó llevar médicos a cada rincón del planeta, la mentalidad nunca cambió. Seguimos creyendo que la salud se fabrica exclusivamente dentro de un hospital, a base de esterilidad y aislamiento.
Pero la fantasía de la burbuja estéril se rompió. El extractivismo, el uso masivo de venenos en la agricultura y la comida ultraprocesada nos han dejado frente a ecosistemas colapsados que enferman nuestros cuerpos. Frente a esto, surge una pregunta que ya no podemos esquivar: ¿cómo hacemos para sobrevivir en un planeta contaminado?
La salud no es un accidente, es política
Para responder a esa pregunta, tenemos que dejar de mirar los síntomas y empezar a mirar cómo vivimos. Desde Ecuador, el epidemiólogo Jaime Breilh le ha dado la vuelta al guion médico tradicional. Para él, que te enfermes no es solo cuestión de mala suerte genética; tiene que ver con la «determinación social» de la salud.
Breilh (2013) sostiene que nuestra salud se amasa todos los días en nuestra forma de trabajar, de consumir y de relacionarnos con la naturaleza. Es decir, es imposible hablar de salud pública si el sistema alimentario precariza a las familias campesinas y nos inunda de productos tóxicos. La epidemiología, desde esta mirada, deja de ser una ciencia fría de escritorio y se convierte en una herramienta para defender la salud pública y supervivencia colaborativa.
A esto se suma el enfoque global One Health (Una sola salud), que confirma lo que los pueblos originarios siempre supieron: compartimos una inmensa red de microbios con el entorno (Flandroy et al., 2018). El suelo vivo transfiere sus microorganismos a las plantas, y cuando comemos alimentos frescos y agroecológicos, esos microbios pasan a nuestro intestino, fortaleciendo nuestras defensas reales. Proteger a quienes cultivan sin venenos no es un tema secundario; es la política de salud más importante que tenemos.
Salutogénesis y el "bypass" ciudadano: Construir salud desde abajo
Para ver cómo estas ideas aterrizan en la vida real, el trabajo de investigadores como Stephen Sherwood y Myriam Paredes en Ecuador es revelador. Durante años, estudiaron el impacto de los agrotóxicos en Carchi, demostrando que el discurso del «uso seguro» de pesticidas es una gran trampa (Sherwood y Paredes, 2014). La industria agroquímica y los gobiernos mantienen venenos en el mercado culpando al campesino por «no protegerse bien». Pero no puedes poner veneno en la tierra y esperar que unas mascarillas salven a la población.
Frente a la patogénesis (lo que nos enferma), Paredes y Sherwood (2017) nos invitan a hablar de salutogénesis: el arte de crear y sostener la salud todos los días. Desde esta visión, la comida no es solo un montón de calorías intercambiables; es una fuerza vital. La salud se gesta en la vitalidad del suelo y se concreta a través en las cocinas regenerativas, donde los alimentos sanos y de nuestra tierra fortalecen el tejido social y biológico.
Pero, ¿qué hacemos cuando las instituciones que deberían cuidarnos están cooptadas por el lobby corporativo? Aquí es donde entra lo que Sherwood llama la estrategia del bypass: el desvío. Básicamente: si el sistema institucional está bloqueado y defiende intereses económicos, la ciudadanía construye sus propios atajos. Las canastas y ferias agroecológicas, el puente directo entre productores y consumidores urbanos no son sólo «alternativas de compras»; son redes de supervivencia, verdaderas intervenciones de salud pública autoorganizadas para esquivar un sistema alimentario que nos enferma.
Ciudadanía y academia por el cuidado de la salud colectiva
Vivimos tiempos donde la codicia corporativa inunda las perchas de los supermercados con productos nocivos, desplazando los alimentos frescos y locales, y enfermando a la población con Enfermedades No Transmisibles (ENT). En este escenario, ¿cómo podemos sostener la salud pública frente a corporaciones que acaparan mercados y capturan decisiones estatales?
Esta fue la reflexión central que motivó las intensas jornadas del 7 y 8 de septiembre de 2026. Un trabajo colaborativo entre la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), la Coalición América Saludable (CLAS) y el Comité de Usuarias y Usuarios del Mercado de Alimentos (CUUM) y diversas organizaciones ciudadanas nos convocamos para exigir algo fundamental: una ley que regule las grasas trans de producción industrial en Ecuador, como reportan los colegas de Edición Médica
El evento contó con la participación de expertos de talla mundial como la Dra. Beatriz Champagne y el investigador Malek Batal. Especial relevancia tuvo la participación de asesores legislativos de Panamá, como la abogada Marietta Itzela Ulloa Delgado. El éxito del país centroamericano al aprobar su propia ley sobre ácidos grasos trans nos brinda una hoja de ruta invaluable. Su experiencia nos renueva la esperanza ciudadana de que sí es posible enfrentar el pulso al modelo corporativo para priorizar el cuidado colectivo de la salud, como informan desde CLAS
Un proceso de acción ciudadana
Llegar a estos diálogos no ha sido un paseo. Impulsar esta ley nos ha tomado años de trabajo. En el camino, las presiones corporativas y la cooptación del Estado nos han arrebatado aliados clave (nuestros champions) dentro del sistema legislativo, obligándonos a replantear la jugada para llegar a los tomadores de decisión.
A pesar de las trabas, nos hemos mantenido firmes en nuestra estrategia de «Doble Cosecha». Esta estrategia nos permite sembrar conciencia, formar voceros —quienes muchas veces, desinformados y sin alternativas reales, terminan siendo cómplices involuntarios del consumo masivo— mientras construimos puentes con las instituciones. No somos solo activistas; somos una articulación capaz de incidir en la política pública.
El camino es largo, pero sabemos que la falta de opciones saludables en el supermercado no es un accidente; es un modelo de negocio. Exigir la regulación de las grasas trans en Ecuador va mucho más allá de un tema médico: es un acto urgente de soberanía alimentaria y de protección ciudadana. Sobrevivir en un mundo contaminado nos exige ensuciarnos las manos, aplicar la salud colaborativa, sembrar conciencia y entender que nuestra salud depende de la vitalidad del suelo y de las leyes que nos defienden: la salud pública y supervivencia colaborativa.
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Bibliografía
- Breilh, J. (2013). La determinación social de la salud como herramienta de transformación hacia una nueva salud pública (salud colectiva). Revista de la Facultad Nacional de Salud Pública, 31(1), 13-27.
- Flandroy, L., Poutahidis, T., Berg, G., Clarke, G., Dao, M. C., Decaestecker, E., … & Rook, G. (2018). The impact of human activities and lifestyles on the interlinked microbiota and health of humans and of ecosystems. Science of The Total Environment, 627, 1018-1038.
- Haraway, D. J. (1997). Modest_Witness@Second_Millennium. FemaleMan_Meets_OncoMouse: Feminism and Technoscience. Routledge.
- Sherwood, S. G., & Paredes, M. (2014). The Dynamics of Perpetuation: The politics of keeping highly toxic pesticides on the market in Ecuador.
- Sherwood, S., Arce, A., & Paredes, M. (Eds.). (2017). Food, Agriculture and Social Change: The Everyday Vitality of Latin America. Routledge.
